Por acá es al revés: para que te gustara una de las
dos sopas que había
(no faltará quien diga que las dos mentadas
sopas eran una sola, o que eran iguales)
tenías que paladearla positivamente en la glándula
del veneno,
a través de la vaina alcaloide, tenías que
hacer buches y gárgaras;
en fin, que al final de cuentas, no sirve que
la sopa
que te tocó comer esté condimentada
con ponzoña
patas de araña, colas de rana, ojos de tlacuache,
cianuro:
en realidad no había ni siquiera una sola y
jodidísima sopa:
Cronopios, ¡Uníos!
En esta eternidad
hay pocas cosas que no tengan que ver con todas las demás:
no es cierto que haya pruebas de lo contrario
y la poesía, después de tantos giros, nunca te dejará mentir.
Y aunque no valga por aquí nada la vida
también es cierto que no moriremos fácilmente:
las imágenes de nosotros lo prueban.
Vamos por ahí
lisiados siempre, con a cuestas no sólo
el espacio sideral cósmico y vacío
lleno de cables y trapecios y tramoyas,
sino con este nuestro rostro, con este
castillo humano, esta máscara de contorsiones,
saliendo de escena impunemente.
Quién sabe cómo llegamos a tener todos los
años del tiempo.
Lo que sí, es que parece que cuando ocurre
que salimos a la calle
llevamos, aunque brille el sol, un paraguas
y aunque llueva a cántaros, una sombrilla.
De nuestro paso por el mundo, toneladas de papeles,
baldes de tinta que se nos caen adentro de los
ojos:
Negro sobre blanco.