martes, 6 de marzo de 2012

The Pursuit but Never the Arrest


...the obsession's in the chasing and not the apprehending
the pursuit you see and never the arrest...

En todas las infancias siempre hay un cine en el que uno entra a eso de las seis de la tarde. Ya sabes, las paredes churriguerescas, la gran pantalla, las risas, un montón de niños que juegan en los pasillos del viejo cine a ser Bruce Lee (la película siempre es una de Bruce Lee, o en cualquier caso una en la que la fuerza física es algo mágico, engañoso y estúpido; cuando uno la recuerda desde acá, desde este ya no ser niño, ni nada). Luego, pasa ese sueño compartido y de ojos abiertos, y cuando se sale del cine, desprevenido, —siendo lo último en lo que uno está pensando— ya no es de día. ¡Ya no es de día! ¿No debe ser de día cuando uno despierta de un sueño?
Sin miedo a cualquier fácil asociación, ya sabes, todo ese asunto parece como la vida vista a través de un espejo:
a) Entras en el cine y es de día = Te acuestas, te preparas a dormir, juegas un poco.
b) La alaraca comienza, risas y esas cosas = Te empiezas a quedar dormido, te niegas, y aparecen las primeras imágenes.
c) Oscuridad. Ves con la boca abierta una película con ninjas que se mueven como topos debajo de la tierra, que saltan longitudes y alturas maravillosas, que desaparecen entre explosiones de colores. A veces, vampiros chinos se acercan amenazantes al héroe (que de alguna forma eres tú) dando saltitos y con esa cara de lunáticos que no hacen más que matarte de la risa: les pegas un papelito en la frente y ya ganaste = Estás soñando a mente suelta, soltando baba.
d) Se acaba la película. Sales del cine tirando karatazos o saltando como un vampiro chino. Se te cae el mundo encima porque has identificado todo eso como a un sueño, y sales no es de mañana cuando te lavas la cara y la escuela y eso = Ya, te despiertas, te lavas la carita con agua y con jabón, te pones la corbata de gancho y te vas al infierno. ¡Ya creciste, cabrón!

La vida de todos está llena de este tipo de cosas. El cine, ir a una película, entrar a todo eso cuando todavía es de día y salir, y golpearte la cara con la noche que te ha caído encima como un chubasco, es cosa de todos los días. Lo que sí es que hay unos que cuando llegan a su casa, después de este mundodealrevés, no saben qué hacer con lo que acaba de pasarles, ven fijamente sus propias manos, como a algo ajeno, alelados, y se quedan despiertos toda la noche escuchando una y otra vez ese disco en el que el cantante habla de botellas vacías y mujeres que se van (pero en cierto modo saben que no es eso, que no es eso, que no es sólo eso). Su vida se ha convertido en una pregunta y no hay ya nada qué hacer por ellos: de grandes, serán boxeadores o poetas o fotógrafos o cualquier otra cosa que al final les rompa el corazón. Y no habrá forma de reconocerlos entre la multitud (si uno llegara a saber el tamaño de su drama les daríamos un tiro, acabaríamos con su dolor), incluso cuando veas los rectos de derecha que mandan, los sonetos que escriban o los desolados paisajes que alumbren y descubran para ti, no verás esa melancolía original que los mueve y que bordea el pozo sin fondo de lo que ven (habrá quien no vea nada de eso).

En fin, leer un soneto en que se enumeren los modos más dolorosos y lúcidos de vivir, ver esas fotografías que te despierten, que te hagan ver the pursuit but never the arrest, en fin ese volado de derecha directo a la cien.




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